Bigotes el Perro Viajero

Bigotes nació un día desconocido de mayo de 1999 en Estados Unidos en una pequeña granja en la que vivía con su mamá; una campeona de belleza y su papá un famoso schnauzer llamado Zippy.

 

Su primer viaje fue cuando apenas era un bebé bola de pelo  de color negro y blanco, cuando lo separaron de sus 8 hermanos.

 

Lo trajeron a México y, no se acuerda como, pero un día apareció en una tienda con otros perros. Su primer recuerdo es: una niña diminuta que lo veía a través del vidrio con ojos curiosos y emocionados.

 

La niña se lo llevó a su casa. Se llamaba Emmis y era casi igual de pequeña que él. Bigotes era gris, con unos ojos negros enormes, una nariz pegajosa y orejas puntiagudas.

 

Emmis era pequeña y muy delgada, tenía el pelo café y sus ojos se parecían a los de Bigotes. A veces se pasaban horas mirándose el uno al otro, intentando adivinar sus pensamientos.

 

En la casa había otros dos perros amigos, Dona y Rocky. Dona era una doberman muy malhumorada y enorme, mientras Rocky era peludo como una pelusa blanca que se la pasaba dormido todo el día.

 

¡Rápidamente, Bigotes y Emmis se hicieron amigos! Emmis le enseñó a Bigotes nuevas cosas como: subir y bajar escalones, ver la televisión y jugar con la pelota. En cambio Bigotes le enseñó a Emmis cosas como a que saben las croquetas de perro y como se siente su lengua lamiéndote la cara.

 

Un día, cuando apenas tenía unos cuantos meses de edad, Bigotes decidió hacer su segundo viaje. Quería saber qué había detrás de la gran reja que lo separaba de la calle. Dona le dijo que no fuera travieso. Rocky le dijo que el exterior era peligroso pero Bigotes decidió apretujarse debajo de un hoyo en la puerta y salir.

 

Caminando por la calle, Bigotes vio casas, árboles y un grupo de perros que se la pasaban viajando todo el tiempo. Le pareció muy interesante y aventurado y sin pensarlo mucho, se fue tras ellos.

 

Todos los perros lo recibieron muy bien, pero después de olerse el trasero los unos a los otros por un rato empezó a extrañar su casa, sus amigos y a Emmis. Bigotes pensaba  que seguramente ya había vuelto de ese lugar al que la abuela llamaba ‘escuela’. Se sintió triste y  fue entonces cuando decidió regresar, pero se perdió en el camino. Por suerte Emmis ya había salido a buscarlo y lo encontró rápidamente. Se reencontraron con un apretujón y un regaño. “¿Por qué te saliste perro malo?” le decía Emmis mientras le llenaba la cara de besos.

 

Así fue pasando el tiempo y Bigotes creció de tamaño y de apetito. A veces se peleaba con Dona o con Rocky, pero Emmis siempre lo defendía porque era el consentido.

 

Cuando ya era un perro adulto, Bigotes hizo su tercer viaje, al doctor de los perros.

Un día, solo y con mucha hambre, decidió comerse unas estrellas de mar que la abuela usaba para decorar su baño. Sabían feas, eran duras y olían a pescado pero al menos le quitaron un poco el antojo. Al poco rato empezó a dolerle la pancita y lloró y lloró. Ni siquiera tenía ganas de comer su comida favorita cuando le pusieron en su plato ¡¡una salchicha!!.

 

Finalmente lo llevaron al doctor. Estuvo ahí varios días con otros amigos perros enfermos. Había un chihuahueño con el ojo parchado, un gran danés con el pie torcido, un gato con dolor de cabeza y estaba Bigotes, con ojos tristes y  unas estrellas atoradas en la panza.

Emmis lo visitó todos los días.

 

Pronto se recupero y decidió hacer su cuarto viaje, al campo. Siempre había querido conocerlo. Rocky y Dona le habían contado sobre ese lugar verde y divertido.

Estuvo mucho tiempo en el coche y se mareó así que decidió dar vueltas y vueltas en el piso hasta vomitar y quedarse dormido. Había desayunado pesado. Al llegar se emocionó mucho. Pudo ver los perros más grandes del mundo, tan grandes que cargaban a la gente. Tenían pelo muy largo, como el pelo de la abuela, largo y castaño. Le pareció muy raro su forma de ladrar así que decidió enseñarles cómo se hacía de verdad. Solo que al perrote no le pareció amigable y casi lo patea con sus piernas traseras. Emmis los llamó caballos. Ese día corrió por los campos, se hizo amigo de un ganso con el que después se peleó porque quiso morderlo y hasta se subió en una lancha.

 

Ahora Emmis ya no es una niña diminuta. Ha crecido mucho y es una adulta aunque por otro lado Bigotes ya es un viejito. Bigotes no entiende porque Emmis creció más lento que él, piensa que no es justo. Su pelo se ha vuelto mucho más canoso. A lo largo de los años se han ido de viaje sus amigos Rocky y Dona y han venido nuevos, como el hurón juguetón: Bubu.

 

Bigotes se está preparando para su último viaje. Ya no puede saltar, camina lento y le gusta dormir todo el tiempo. Siente que necesita lentes, pero sabe que no existen lentes perrunos. Ahora solo le gusta comer salchichas y como es viejito, Emmis y la abuela lo consienten todos los días. Se ha vuelto malhumorado, apestoso e incluso un perrito chimuelo.  Su nueva actividad favorita es embarrarse contra los sillones cuando nadie lo quiere acariciar o cargar como bebé.

 

Bigotes no sabe cómo será su último viaje. Espera poder irse volando en una alfombra mágica como esa de la película que siempre ve en la tele o tal vez en un coche súper rápido o que tal en una nave espacial como Chewbacca, su héroe de todos los tiempos.

 

Emmis no esta segura a donde se va a ir su mejor amigo, lo único que sabe es que cuando ella haga su último viaje quiere ir a donde la este esperando él.

Bigotes hizo su último viaje el 13 de Febrero de 2016.

 

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