Pare de Mentir

Todo empiezo con un mensaje incómodo de uno de mis mejores amigos, preguntándome cosas intangibles y comunes, preguntas que todos nos planteamos y re-planteamos en diferentes momentos de nuestras vidas: ¿Eres feliz?,¿Sabes que quieres de tu vida? Y antes de que pudiera contestar empiezó a bombardearme de opiniones y visiones suyas sobre mi vida y mis relaciones personales. “Te veo perdida, siento que has pasado por cosas muy difíciles que no te dejan seguir adelante, no te veo feliz, tu relación es dependiente”, básicamente, tu vida es una basura.

 

Sin embargo, me ofrece una solución mágica y casi inmediata, algo como los equipos de ejercicio de los infomerciales, en los que solo te subes dos veces a la semana por 10 minutos y te prometen un cuerpo escultural, un producto milagro. Me cuenta que él se metió a un curso, que le ha cambiado la vida, ahora se lleva mejor con sus papás, esta listo para buscar una pareja, sabe exactamente que quiere de su vida y como conseguirlo y es totalmente feliz y pleno. Evidentemente, me negué. Pero entonces nació una insistencia descomunal hasta llegar al punto en el que me dijo ‘Pues vas a ir y ya te lo pagué’. Seguido de mil promesas y declaraciones de que no lo obligan a meter gente y que lo único que quiere es poder marcar mi vida de una forma positiva. Aquí entra mi mayor defecto que también es el de muchos mexicanos, el no saber decir que no. Así que fui, solo para ver, solo para experimentar.

 

El curso se lleva a cabo en un enorme y lujoso hotel de Santa Fe, dentro de uno de los salones de eventos. Ahí platicando con la gente que iba a entrar conmigo, me di cuenta de que la mayoría están yendo obligados por algún familiar o amigo, algunos incluso por sus jefes. El salón es frío y gente del STAFF te grita que no puedes consumir ningún alimento ni bebida dentro del mismo. El coach, como lo llaman ahí, era impresionantemente carismático. No era guapo, sin embargo era muy atractivo. Sebastián no era muy alto, no tenía un solo pelo en la cabeza y emanaba una vibra de autoridad impresionante. Nos contó sobre su vida en la que había pasado por un divorcio difícil, no tenía ninguna relación con sus hijas y le iba muy mal en el trabajo. Después del curso, retomo la relación con sus hijas, volvió a encontrar el amor, tuvo un hijo hermoso y el día de hoy es un empresario muy exitoso y coach personal de políticos y artistas. Durante el primer curso todo era amor y lágrimas mezclado con algunos gritos y largos momentos de silencio y reflexión. Era interesante ver como reaccionaba la gente con algunos ejercicios en los que te tocaban botones muy sensibles. En algún punto incluso una señora me empujo contra unas sillas en un momento de rabia. Nos implementaban un vocabulario especifico del curso, con palabras normales que otras personas de fuera no entendían. Estábamos obligados a adoptar una postura especial mientras estábamos sentados y parados y nos decían que era una postura de respeto y apertura. El último día nos enseñaron un tipo de saludo, usando cuatro dedos de nuestras manos.

 

El segundo curso duraba cuatro días completos, en los que no te dejaban comer y el tiempo de dormir y descansar era extremadamente limitado. Estas circunstancias te dejaban agotado y mucho más vulnerable física y emocionalmente. Las humillaciones e insultos se nos hicieron normales y hasta los hombres más fuertes y agresivos se hacían chiquitos como niños indefensos.  No existen otras palabras para describir este curso más que duro y cruel aunque ellos lo describen como ‘amor duro’ aunque de amor no tiene nada. El final del curso igual que el primero, era todo amor y felicidad. Parecíamos una familia disfuncional y abusiva, que unos días te golpean y te lastiman y luego te piden perdón y te llevan flores. Nos decían que éramos una familia, que habíamos creado una conexión con los demás integrantes que era mucho más fuerte y sincera que la que teníamos con nuestros propios padres y hermanos. Nos explicaron que teníamos el poder de hacer absolutamente todo lo que quisiéramos y que no dejáramos el curso bajo ninguna circunstancia. Usaban la metáfora de que éramos árboles abrazados en un río y que cuando una corriente fuerte llegara, debíamos abrazarnos con nuestras raíces a los demás y así la corriente no nos llevaría. En este proceso, ellos observan cuidadosamente quiénes son los líderes naturales y se concentran en ellos para poder tener un mayor impacto e influencia en los demás.

 

El tercer curso empezó mucho más agresivo que el segundo, y los gritos y groserías de la nueva coach ya se nos hacían comunes, y algo que debíamos aguantar. Al igual que en el segundo curso, nuestra alimentación y sueño eran restringidos y no teníamos tiempo de pensar o reflexionar. Poco a poco nos metieron la idea de que todo lo que pasara dentro del salón era estrictamente confidencial y que era un reflejo de nuestra vida exterior, cualquier error tan simple como llegar unos minutos tarde era motivo de humillaciones en las que nos gritaban que así éramos todo el tiempo, impuntuales, que rompíamos nuestras promesas, que no le cumplíamos a la gente que queríamos y que lastimábamos a los demás. Nos pusieron pruebas extremadamente complicadas, especificas para cada uno, cosas desde meternos a un ataúd por más de media hora si le teníamos temor a la muerte o colarnos a un funeral ajeno. Si en algún momento nos negábamos a hacer algo o titubeábamos en hacer alguna actividad nos llovían insultos, regaños y reproches. Nos decían que para poder coachearnos y mejorar nuestra vida, teníamos que ser coacheables y usaban una vez tras otra la frase ‘a tu manera no hay manera’. En general, nos quitaron nuestra libertad personal y nuestra habilidad de tomar decisiones propias. En algún punto del camino, dejamos de pensar por nosotros mismos y actuábamos como títeres, como perritos amarrados con collares de castigo.

 

Todo se cayó abajo cuando me negué a llevar más gente a la fuerza, al negarme la coach me escribió pidiendo que no abandonara a mi familia del curso, como seguramente había abandonado a mi familia real ‘como siempre en mi vida’ además me mencionó detalles extremadamente íntimos de varios integrantes de mi ‘familia’ postiza. También añadió que varios de mis compañeros le habían comentado que me refería a ella con groserías, que quería contaminarlos para que dejaran el camino del bien. Yo sabía que eso no era cierto, pero ella aseguraba que tenía pruebas, pruebas fantasma que nunca quiso enseñarme. Al no cambiar de parecer, intentó manipularme emocionalmente con detalles muy privados de mi propia vida, momentos de dolor, problemas delicados y cosas que sinceramente no quería que nadie más supiera. Al seguir firme con mis ideas, comenzó a insultarme directamente. Aquí me di cuenta de que este curso no era de amor y de mejora, era de manipulación y dinero. Al hacer la cuenta con un amigo, notamos  que en nuestro grupo que estaba formado por 43 miembros, generábamos más de 1,200,000 pesos en solo un mes. ¿Querian que fuera una mejor persona o querían que les diera dinero?. Incluso en algunas dinámicas de grupo tenían las terminales de tarjetas listas para que les diéramos más y más dinero y solo así parecían estar felices y satisfechos con nuestros cambios positivos como seres humanos. Mi salida del grupo estuvo seguida de decenas de llamadas diarias a mi celular, hostigamiento, insultos de mis compañeros e incluso intentos de extorsión de algunos de los supuestos coaches. La opción de salir parecía todavía más difícil que seguir soportando días exhaustivos de gritos e insultos.

Hoy, me doy cuenta que intentaron destruir mis relaciones personales con la gente de afuera, gente que no era parte de mi familia coaching, pues al no haber pasado por el curso ellos ya no eran dignos de ser importantes para mi. Mi supuesta familia me rechazó después de que abandoné la secta, muchos me condenaron y juzgaron por mi decisión. ¿En dónde había quedado el amor? En mi mente daban vueltas recuerdos de las últimas semanas, ¿hasta que punto había sido manipulada? ¿No es este el método de Hitler para mover tanta gente Alemana a seguir sus ideales racistas y bélicos? El saludo Heil Hitler me recordaba mi saludo coaching, el liderazgo autocrático y casi dictatorial me recordaba a Sebastián y luego a Martha, la segunda coach. Las acusaciones de mis compañeros me recordaron un poco a los ciudadanos alemanes que denunciaban a los traidores a la Gestapo y el concepto de familia me daba escalofríos al traerme a la mente pensamientos del Manson Family. ¿Por qué atrae al ser humano este sentimiento de pertenencia, esta necesidad de aceptación? ¿Por qué no aprendemos de tantas tragedias como el asesinato de la esposa de Roman Polanski, el suicidio colectivo en Jonestown, el robo de dinero comprobado de Silas Malafaia, líder del famoso Pare de Sufrir? ¿Cuántas personas más se convertirán en victimas de manipulación a base de mentiras y falsas promesas de utopías y felicidad? ¿Cuándo nos daremos cuenta que estos grupos de autoayuda son en realidad empresas y pseudosectas multimillonarias que lucran con nuestra dignidad y nuestros sueños?

 

manson

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